
La civilización humana ha progresado cogida de la mano con la observación de los astros. La invención de la agricultura en el neolítico se asocia a los ciclos lunares, las estaciones, y a la aparición y desaparición sobre el horizonte de determinadas constelaciones que en el transcurrir de los siglos han anunciado los momentos más propicios para la siembra o la cosecha. Prueba irrefutable de ello es el Disco de Nebra con una antigüedad estimada de 3.600 años.
Fue descubierto en 1.999 por unos saqueadores en las proximidades de la población alemana de la que recibe su nombre. Éste artefacto discoidal de bronce de 32 centímetros de diámetro servía para medir con asombrosa exactitud las posiciones del sol, la luna, y la constelación de las pleyades con fines agrícolas y presumiblemente también religiosos.

Otro claro ejemplo de tecnología astrológica-astronómica prehistórica lo tenemos en Stonehenge, situado en la llanura de Salisbury en el suroeste de Inglaterra. Las grandes moles del monumento fueron alineadas al compás de los ciclos lunares y solares, a lo largo de los 600 años que tardó en construirse en distintas fases éste complejo megalítico, entre 2.200 y 1.600 a.c., entre finales del periodo neolítico y principios de la edad de bronce.

La estrella más brillante de la noche Sirio era para los antiguos egipcios la representación en el cielo de Isis, diosa
de la maternidad y la fertilidad que alertaba de las crecidas del Nilo, siendo su importancia vital en la economía agrícola de la sociedad de los faraones. El sol en la mitología egipcia era el Dios Ra creador del Universo, mientras que la constelación de orión, Osiris para los egipcios, regentaba el mundo de los muertos. Sin olvidar las pirámides, claro exponente del refinamiento arquitectónico, astronómico-astrológico, y matemático de ésta civilización perdida en la bruma de los tiempos. El ingeniero y egiptólogo angloegipcio Robert Bauval ha desarrollado una elaborada teoría según la cual las tres pirámides de Gizeh son en si una “maqueta” que representa a las tres estrellas del cinturón de la constelación de orión, sus hallazgos puestos a debate sacan a relucir los profundos conocimientos de este antiguo pueblo.
Egipto es sólo una muestra de tantas de la intuida interrelación del hombre con los ciclos de estrellas, planetas y constelaciones desde los albores de la humanidad. En multitud de culturas arcaicas los ejemplos son innumerables. La Grecia clásica representaba a sus héroes mitológicos entre las inmutables luminarias de la bóveda celeste. En los pueblos de la América precolombina los equinoccios y solsticios se conjugaban con la orientación de las construcciones sagradas, como ha puesto de manifiesto la disciplina de la arqueoastronomía.
Un buen ejemplo de ello lo vemos en la pirámide maya El Castillo de Chichén-Itzá. Los equinoccios señalan con un juego de luces el inicio de la primavera (21 de marzo) y del otoño (22 de septiembre). En esas fechas la luz solar proyecta sobre la alfarda de la escalinata norte siete triángulos isósceles, a lo largo de casi 35 metros, simbolizando el descenso de Kukulkán, la serpiente emplumada. El fenómeno puede observarse hasta cinco días antes y cinco días después de las fechas señaladas, pero la hierofanía en toda su plenitud ocurrirá en los días equinocciales. De nuevo aquí encontramos la medición de los ciclos solares y su posible uso en actividades agrícolas y religiosas. De hecho, cada una, de las cuatro escalinatas de la pirámide dispone de 91 escalones que sumados a la plataforma superior equivale a 365, el total de días del año solar.

Las referencias astronómicas y astrológicas en los cultos religiosos resultan obvias y continuas. En el cristianismo, póngase por caso entre otros, los astrólogos venidos de oriente siguiendo la estrella de Belén en el Evangelio de San Mateo como se observa en ésta pintura del renacentista italiano Giotto di Bondone. El nacimiento de Jesucristo se atribuye a la aparición de una estrella, y su crucifixión a un eclipse de luna según se desprende del libro de los Hechos de los Apóstoles donde se matiza que la luna fue vista de color rojo sangre. El genial ilustrador francés del siglo XIX Gustave Doré representó en una de sus obras las tinieblas de la crucifixión.
Tomando como base ésta y otras fuentes bíblicas e históricas, dos académicos de la Universidad Británica de Oxford, Colin Humphreys y Graeme Waddington, han madurado una teoría según la cual Jesús murió en la cruz el 3 de abril del año 33. Merece también mención en la oración del Padre Nuestro la afirmación “hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo".
Las estrellas nos invitan a soñar y nos sugieren nuestra relación con el reloj del cosmos, guardián de nuestro pasado, presente, y futuro.
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